De nuevo hablamos de una de esas comidas
que nos llegan desde una vieja tradición ancestral.
La Cuaresma, una liturgia
arcaica muy vinculada a la Iglesia Católica que se remonta a sus orígenes, relacionada con la preparación espiritual para La Pascua.
Un tiempo de meditación que
se refleja también en la forma de alimentarnos con la costumbre del ayuno y la abstinencia
de carne.
Su antiguo nombre nos lo está
contando, cuarenta días de ayuno desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves
Santo.
Un simbolismo lleno de referencias
en la Biblia, que tuvo su origen reconocido allá por el siglo III en la Iglesia
de Oriente y su consolidación definitiva en los siglos VI y VII en el seno de la Iglesia Católica, desde donde se ha
extendido a la Ortodoxa y la Anglicana.
La costumbre de la vigilia
ha llegado hasta nuestros días en muchos países de religión católica y ha
creado todo un repertorio de comidas tradicionales propias de este tiempo donde
su característica fundamental es la ausencia de carne procurando el aporte de proteínas
mediante el uso de pescados, normalmente en salazón, acompañado de verduras y legumbres.
Todo un prodigio gastronómico
lleno de sabiduría que acompaña a este
tiempo de reflexión espiritual.
